martes, 21 de abril de 2020

El Reino Unido y Francia encabezan un endurecimiento del tono europeo hacia China

Merkel alienta a Pekín a ser transparente pero elude una actitud de confrontación
No solo Donald Trump señala a China en la crisis global por el coronavirus. Sin la estridencia ni las incoherencias del presidente de Estados Unidos, con un tono más cauto y diplomático, varios líderes europeos han cuestionado en los últimos días la versión china sobre el origen, la gestión y las cifras. Y han replicado a lo que consideran una ofensiva propagandística destinada a eludir responsabilidades. Los Gobiernos de Francia y el Reino Unido encabezan este giro en la actitud hacia la superpotencia asiática.

"Esperamos que China nos respete, como ella desea ser respetada", declaró el lunes el ministro francés de Exteriores, Jean-Yves Le Drian. "Ya nada puede volver a ser como antes" mientras China no aclare de forma total todo lo relacionado con el virus, señaló la semana pasada su homólogo en Londres, Dominic Raab, al frente de Downing Street mientras Boris Johnson se recupera de la enfermedad.

La pandemia ha exacerbado las rivalidades geopolíticas. Y ha abierto una oportunidad para ampliar las áreas de influencia. Entre Estados Unidos y China, los europeos habían mantenido hasta hace poco un perfil discreto. Una excepción fue Josep Borrell, alto representante para la Política Exterior de la Unión Europea, quien el 24 de marzo alertó sobre lo que llamó "la política de la generosidad" como arma de influencia geopolítica en "la batalla global de los relatos".

Las imágenes de aviones chinos transportando material médico a Europa mientras los socios de la UE cerraban las fronteras entre ellos marcaron las primeras semanas de la crisis. No importa que Europa hubiera ayudado a China en enero después de que el virus se detectase por primera vez en ese país. El relato de la pujante potencia autoritaria rescatando a las decadentes democracias era tentador, en un momento en el que algunos países occidentales veían cómo la pandemia se les escapaba de las manos.

El tono ha cambiado. Los europeos no emplean la retórica de Trump, que habla del "virus chino" o da pábulo a las teorías sobre una posible fuga accidental del patógeno en un laboratorio y amenaza con consecuencias. Pero el fondo del mensaje no es tan distinto.

"La respuesta de Borrell sobre la batalla de los relatos ya era una respuesta bastante fuerte al esfuerzo diplomático chino por vender el modelo de China ante la crisis de la covid-19", explica Mathieu Duchâtel, responsable de Asia en el laboratorio de ideas Institut Montaigne. "Ahora hay una cierta gradación. Se plantea la cuestión de la transparencia de la información de China, tanto respecto del origen del virus como respecto de la gestión de la crisis en diciembre y enero, y a la comunicación internacional sobre la gravedad de la situación en Wuhan y la provincia de Hubei", añade Duchâtel.

La tensión, en el caso francés, llegó a su punto más fuerte el 14 de marzo, cuando Le Drian convocó en el Quai d’Orsay, sede del Ministerio de Exteriores, al embajador chino en París, Lu Shaye, después de que la web de la Embajada de China publicase varios artículos anónimos que acusaban de mala gestión a los Gobiernos occidentales y atacaban a sus medios de comunicación. Le Drian ha denunciado las "calumnias" de la embajada. Una de las acusaciones formuladas por los representantes del país asiático, después rectificada, decía que "el personal encargado de los cuidados en las Ehpads [siglas francesas de las residencias de ancianos] abandonó sus puestos de la noche a la mañana, desertó colectivamente, dejando morir a sus residentes de hambre y enfermedad".

En China han muerto 4.632 personas por el coronavirus. En Francia, 20.265. En el Reino Unido, 16.509, según los últimos recuentos. El contraste en las cifras alimenta las dudas.

"Manifiestamente hay cosas que han ocurrido y que no conocemos", dijo la semana pasada el presidente francés, Emmanuel Macron, al diario Financial Times. "Creo que es absolutamente necesario llevar a cabo una revisión en profundidad de todo lo ocurrido, incluido el origen del estallido de la pandemia", concurrió Raab. "Deberemos plantear las preguntas más duras, sobre todo, las que se refieren a cómo surgió toda esta crisis y si no se podría haber frenado antes", añadió.

Tanto Francia como el Reino Unido mantenían una posición cooperativa con China antes de la pandemia. Al llegar a Downing Street el pasado verano, Boris Johnson se enfrentó al dilema de proteger los intereses del Reino Unido ante el futuro incierto del Brexit o seguir la senda de conflicto con Pekín señalada por su socio y aliado, Trump. Quiso nadar y guardar la ropa, y siguió adelante con la decisión de permitir la participación de la firma china Huawei en el desarrollo nacional de las nuevas redes de comunicación 5G, a pesar de las advertencias de Washington y de muchos halcones del ala dura del Partido Conservador.

De momento, el Gobierno británico ha mantenido un tono diplomático y ha querido ensalzar la cooperación entre ambos países a la hora de intercambiar material sanitario o de organizar el regreso de los ciudadanos británicos que permanecían en China, pero se ha sumado a la larga lista de voces internacionales que anuncian la necesidad de replantear el papel de Pekín en el mundo. También París busca este equilibrio entre cooperación y competición —y entre Washington y Pekín—, pero la covid-19 inclina la balanza hacia la rivalidad.

"Pekín juega a la fragmentación de la UE", ha dicho Le Drian en una entrevista en Le Monde. El jefe de la diplomacia francesa sostiene que "la pandemia es la continuación, por otros medios, de la lucha entre las potencias" y "también la sistematización de las relaciones de poder que se veían antes, con la exacerbación de la rivalidad chinoamericana". "China se siente en condiciones de decir un día ‘yo soy la potencia y el liderazgo", constata. Y añade: "Nosotros deseamos que Estados Unidos cumpla con sus responsabilidades y mantenga una relación de confianza con sus aliados".

En otras palabras: la equidistancia entre Washington y Pekín nunca ha existido, y ahora menos que nunca. "Hay una convergencia transatlántica bastante fuerte en la manera en cómo se percibe la China de Xi Jinping [el presidente chino]. Hay una convergencia de análisis", resume Duchâtel. "Los tonos y las culturas políticas son diferentes, pero hay una base común y reacciones que a veces son similares".

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