viernes, 30 de junio de 2017

A 30 años de la profanación del cuerpo de Perón.

El juez Jaime Far Suau verificaba hace 30 años (el 30 de junio de 1987) la profanación del cadáver del general Juan Domingo Perón por desconocidos que le cortaron las manos tras ingresar en la bóveda del cementerio de La Chacarita, en la ciudad de Buenos Aires, donde reposaban los restos de quien fuera presidente constitucional del país en tres ocasiones.

Se trató de un hecho que produjo una gran conmoción política durante la presidencia de Raúl Alfonsín y que estuvo plagado de pistas falsas y muertes misteriosas.


‘Después de tres décadas, lo novedoso es la continuidad de la impunidad y el pacto de silencio que aún persiste‘, señaló el periodista Claudio Negrete, coautor del libro ‘La Profanación‘, una investigación sobre este caso que hasta ahora no pudo ser aclarado.


Este trabajo que Negrete elaboró con Juan Carlos Iglesias (un abogado de origen radical, amigo de Far Suau y fallecido en 2006) se publicó por primera vez hace 15 años.


El 29 de junio de 1987, Roberto García, sobrino político de Perón había concurrido a la bóveda de La Chacarita para comprobar que todo estaba en orden, en una tarea que compartía con su concuñado Osvaldo Ramón Rodríguez, quien estaba casado con Alicia Dora Perón, hija de Mario Perón, el hermano del fundador del justicialismo.
Al abrir la bóveda, García comprobó que faltaban el sable, la gorra y un manuscrito que Isabel Perón había dejado junto al féretro de su esposo, y decidió concurrir a la comisaría 29 para hacer la denuncia. Pero tres días antes, el senador nacional por Catamarca y titular del Consejo Nacional del partido Justicialista, Vicente Leonidas Saadi, había recibido una misteriosa misiva donde se le notificaba de la profanación.


El secretario general de la Confederación General del Trabajo (CGT), Saúl Ubaldini y el presidente del Partido Justicialista porteño, Carlos Grosso, recibieron el mismo texto y, al igual que Saadi, un fragmento del escrito de Isabel, que al unirse con los otros dos quedaba completo en su versión original.


El texto enviado a los tres dirigentes del peronismo, firmado por ‘Hermes IAI y los 13‘, contaba que las manos del cadáver habían sido cortadas el 10 de junio. El firmante reclamaba devolverlas a cambio de un pago de 8 millones de dólares, en concepto de una deuda que el expresidente habría contraído en 1973; ‘la cual nunca abonó al igual que sus sucesores políticos‘.


Tras la denuncia de García, los tres políticos se reunieron con el entonces ministro del Interior, Antonio Trocolli, quien les notificó que los policías que habían inspeccionado la bóveda no habían encontrado rastros de un hecho como el que se detallaba en el misterioso mensaje. Pero Saadi insistió en que se hiciera una inspección judicial, la que estuvo a cargo de Far Suau, quien tras abrir el cajón comprobó el hecho aberrante que se había consumado en esa bóveda.


El magistrado corroboró las disección de las manos (la derecha a la altura de la muñeca y la izquierda por encima de esa articulación). El ataúd con los restos de Perón estaba detrás de un blindex que apareció con un agujero, y además se comprobaron que había sido dañada la claraboya de la bóveda, pero para el juez quedó claro que los profanadores trabajaron con el cajón abierto.


Lo más probable era que los intrusos hayan ingresado a la bóveda y traspasado el blindex sin forzar nada. El cadáver de Perón fue depositado en La Chacarita tras un operativo organizado por la Casa Militar en 1977, en pleno gobierno del dictador Jorge Rafael Videla, y las llaves quedaron en poder de esa entidad hasta que una copia se entregó en la Escribanía General de Gobierno.


‘Es claro que en esos años se pudo hacer una, dos o varias copias de todas las llaves de la bóveda y el blindex. La complicidad que hubo en este hecho con los grupos operativos que trabajaron con la dictadura es algo evidente. Los profanadores no tuvieron que romper ninguna cerradura y obraron con comodidad‘, explicó Negrete.

Con la colaboración del comisario Carlos Zunino (quien más tarde sufrió un intento de asesinato), Far Suau se abocó a la instrucción de la causa más importante del país, y durante la administración del expediente sufrió amenazas, le plantaron pistas falsas y le formularon cinco pedidos de juicio políticos.


Días más tarde, el juez junto a su pareja, Susana Guaita y el hijo de cuatro años de la mujer, viajó a Bariloche para visitar a su hijo y al volver encontró un trágico final. El 25 de noviembre de 1988, el magistrado, un experimentado conductor, perdió el control del Ford Sierra Ghía que manejaba de regreso a Buenos Aires. Inexplicablemente, el Ford se salió de la ruta; chocó contra un peñasco y se incendió.


Far Suau y Guaita fallecieron, pero Maximiliano sobrevivió, y en 2013 aseguró haber escuchado una explosión antes del choque. Pericias establecieron que el accidente pudo ser por una bomba colocada en el tren delantero de ese auto, cuyo tanque fue encontrado intacto en la zona del accidente, pese al incendio.


Además, el cuidador de La Chacarita, Paulino Lavagno, denunció que lo querían matar, y en medio de su agonía, decía que ‘sacaran la gente que había arriba del ropero‘. ¿Establecía en medio de su delirio un parangón con gente que había visto arriba de la bóveda de Perón? Una autopsia estableció que murió como consecuencia de una golpiza que recibió, muy probablemente en el cementerio donde se lo encontró mal herido.


Igual destino corrió Teresa Melo, una mujer que le llevaba flores a la tumba de Perón y que había manifestado su intención de contar que había visto ‘gente sospechosa‘ cerca de la bóveda. ‘Los funcionarios del Gobierno radical sabían más de lo que dijeron. Todos las personas que dificultaron la investigación pertenecían al Batallón 601. El peronismo no hizo nada para que se esclareciera ese atentado‘, agregó. El juez Alberto Baños tiene actualmente a su cargo la causa y el año pasado pidió un informe a EEUU para saber si la Agencia Central de Inteligencia (CIA) posee información sobre este hecho. A lo largo de la investigación, se rumoreó que se robaron las manos para tener acceso a unas cuentas bancarias que poseía Perón en Suiza. El número de esas cuentas estarían grabadas en un anillo que tendría en sus manos, o bien se podría acceder a ellas a través del reconocimiento de las huellas digitales. 

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